Monstruos invisibles

Dime, hija —dice Brandy—. ¿Qué te ha pasado en la cara?
Pájaros.
Escribo:
pájaros. los pájaros me comieron la cara.
Y me echo a reír.
Brandy no se ríe. Brandy dice:
¿Qué significa eso?
Y yo sigo riendo.
iba conduciendo por la autopista, escribo.
Y sigo riendo.
alguien me disparó una bala del calibre 30 con una escopeta.
la bala me arrancó la mandíbula de cuajo.
Sigo riendo.
vine al hospital, escribo.
no perdí la vida.
Riendo.
no pudieron volver a colocarme la mandíbula porque se la comieron las gaviotas.
Y dejo de reírme.
Tienes una letra horrible —dice Brandy—. Sigue contándome.
Y me pongo a llorar.
tengo que comer alimentos infantiles, escribo.
no puedo hablar.
no tengo trabajo.
no tengo casa.
mi novio me ha dejado.
nadie me mira.
mi mejor amiga me ha destrozado toda mi ropa.
Sigo llorando.
¿Qué más? —dice Brandy—. Cuéntamelo todo.
un niño, escribo.
un niño en el supermercado me llamó monstruo.
Sus ojos Arándano Incandescente me miran como nadie me ha mirado en todo el verano.
Tienes la percepción completamente jodida —dice Brandy—. Solo hablas de la mierda que te ha pasado. No puedes basar tu vida ni en el pasado ni el presente. Tienes que hablarme de tu futuro.

Chuck Palahniuk, “Monstruos invisibles

Indecisión

Moría por la indecisión de no saber qué necesitaba.

A veces… Una caricia me cortaba la respiración. El roce de tu mano con la mía era una descarga eléctrica que me recorría de la cabeza a los pies. Apretaba los dientes con tanta fuerza, conteniéndome para no mostrar lo que sentía, que me hacía daño. Por dentro. Y por fuera. Buscaba y me controlaba. Quería y no quería. Moría porque me hicieras el amor salvajemente a la vez que lo que más deseaba era que me tocaras con fragilidad, como si me fuese a romper en cualquier momento, aprovechando cada centímetro de mí. Me alejaba y me acercaba.

Pero necesitaba amor.

A veces… solo me valía con hablar y reír. Podía ser feliz estando tan lejos de ti como tú quisieras, siempre y cuando pudiera ver, notar, tu risa. El mayor placer era que yo la produjera, que buscaras ese bienestar en mí, que las horas pasaran tan rápido que no te importara pasar conmigo días enteros así. Podíamos hablar de cualquier cosa. Podíamos reír de cualquier cosa.

Pero no necesitaba amor.

¿Y entonces qué?

¿Entonces qué? Es el precio de la indecisión, ahí lo tienes: No tengo amor y no te tengo a ti.

Sandor y Sansa II

Sintió una punzada que la recorría, tan violenta que dejó escapar un sollozo y se llevó las manos al vientre.
Estuvo a punto de caerse, pero de pronto una sombra se movió, y unos dedos fuertes la sujetaron por el brazo hasta que recuperó el equilibrio.
Sansa se apoyó en las almenas y clavó los dedos en la piedra áspera.
Dejadme —sollozó—. Soltadme.
El pajarito cree que tiene alas, ¿eh? ¿O qué quieres, acabar tullida como tu hermanito?
No me iba a caer. —Sansa se retorció para librarse de él—. Es que… me habéis sobresaltado, nada más.
Quieres decir que te he asustado. Y todavía te asusto.
Creía que no había nadie, y… —Respiró hondo para tratar de calmarse. Apartó la vista.
El pajarito aún no soporta mirarme a la cara, ¿verdad? —El Perro la soltó—. Pues cuando el populacho te tenía rodeada, bien que te alegraste de verme, ¿no te acuerdas?

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y por último, ya casi al final, cantó incluso por Tyrion el Gnomo y por el Perro.
«No es un auténtico caballero —dijo a la Madre—, pero fue el que me salvó. Salvadlo si podéis, y aplacad la rabia que lo corroe por dentro.»

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Sansa se apartó de la ventana y fue a refugiarse en la seguridad que le ofrecía la cama.
«Me voy a dormir —se dijo—, y cuando despierte será otro día, y el cielo volverá a estar azul. La batalla habrá terminado, y alguien vendrá para decirme si voy a morir o no.»
Dama —sollozó en voz baja, mientras se preguntaba si cuando muriera volvería a reunirse con su loba.
En aquel momento algo se movió a su espalda, una mano surgió de la oscuridad y la agarró por la muñeca.
Sansa abrió la boca para gritar, pero otra mano le cubrió el rostro y casi la asfixió. Aquellos dedos eran duros y encallecidos, y estaban pegajosos de sangre.
Hola, pajarito. Sabía que vendrías.
La voz era áspera, pastosa, ebria. En el exterior, una lanza de luz jade hendió el cielo estrellado, y la habitación se llenó de resplandor verde. Lo vio durante un instante, todo negro y verde, con la sangre del rostro negra como la brea y los ojos brillantes como los de un perro ante la luz repentina. Luego la luz se desvaneció y volvió a ser una mole oscura envuelta en una sucia capa blanca.
Si gritas te mataré, puedes estar segura. —Le quitó la mano de la boca. Respiraba trabajosamente. El Perro tenía una jarra de vino en la mesilla de Sansa, y bebió un largo trago—. ¿No quieres saber quién va ganando la batalla, pajarito?
¿Quién? —preguntó, demasiado asustada para negarse.
El Perro se echó a reír.
Sólo sé quién ha perdido. Yo.
«Jamás lo había visto tan borracho. Ha estado durmiendo en mi cama. ¿Qué quiere de mí?»
¿Qué habéis perdido?
Todo. —La parte quemada de su rostro era una máscara de sangre seca—. Maldito enano. Tendría que haberlo matado. Hace años.
Dicen que ha muerto.
No. Una mierda. No quiero que muera. —Tiró a un lado la jarra vacía—. Quiero que arda. Si los dioses son bondadosos harán que arda, pero yo no estaré aquí para verlo. Me voy.
¿Os vais? —Trató de liberarse de su presa, pero la mano parecía de hierro.
El pajarito repite lo que oye. Me voy, sí.
¿Adónde?
Lejos de aquí. Lejos de los fuegos. No sé, saldré por la Puerta de Hierro. Iré hacia el norte, a algún lugar, adonde sea.
No podréis salir —dijo Sansa—. La reina ha cerrado el Torreón de Maegor, y las puertas de la ciudad también están cerradas.
—Para mí no. Tengo la capa blanca. Y también esto. —Dio unas palmaditas en el pomo de su espada—. El hombre que intente detenerme es hombre muerto. A menos que esté ardiendo. —Rió con amargura.
¿Por qué habéis venido aquí?
Me prometiste una canción, pajarito. ¿Te habías olvidado?
No entendía qué quería decir. No podía cantar para él en aquel momento, en aquel lugar, con aquel cielo lleno de fuego, mientras morían hombres a cientos, a miles.
Soltadme, me dais miedo.
A ti te da miedo todo. Mírame. ¡Mírame!
La sangre le ocultaba las cicatrices más profundas, pero tenía los ojos muy abiertos, muy blancos, aterradores. La comisura quemada de su boca se contraía una y otra vez. Su olor mareaba a Sansa; apestaba a sudor, a vino agrio, a vómito rancio, y sobre todo a sangre, a sangre, a sangre.

Yo cuidaría de ti para que no te pasara nada —dijo con voz áspera—. Todos me tienen miedo. Nadie volvería a hacerte daño, o los mataría. —La atrajo hacia él, y por un momento Sansa pensó que iba a besarla.

Era demasiado fuerte, no podría resistirse. Cerró los ojos ansiando que todo acabara pronto, pero no pasó nada—. Sigues sin poder mirarme, ¿eh? —le oyó decir. Le retorció el brazo hasta obligarla a darse la vuelta, y la empujó contra la cama—. Quiero mi canción. La de Florian y Jonquil, me dijiste. —Había desenvainado la daga y se la puso en la garganta—. Canta, pajarito. Canta si quieres seguir con vida.
El miedo le había hecho un nudo en la garganta, y de repente no recordaba ninguna de las canciones que había sabido toda su vida. «Por favor, no me matéis —habría querido gritar—, por favor, no.» Notó cómo movía la punta, cómo se la hundía en la garganta, y estuvo a punto de cerrar los ojos de nuevo, pero en aquel momento se acordó. No era la canción de Florian y Jonquil, pero al menos era una canción. Su voz le sonó aguda, fina, trémula.

Madre Gentil, fuente de toda piedad,
salva a nuestros hijos de la guerra y la maldad,
contén las espadas y las flechas detén,
que tengan un futuro de paz y de bien.
Madre Gentil, de las mujeres aliento,
ayuda a nuestras hijas en este día violento,
calma la ira y la furia agresiva,
haz que nuestra vida sea más compasiva.

Se le había olvidado el resto de la letra. Tenía miedo de que la matara en cuanto dejara de cantar, pero tras un instante el Perro le apartó la daga de la garganta, sin decir palabra.

El instinto le dijo que alzara la mano y le pusiera los dedos sobre la mejilla. La habitación estaba a oscuras y no lo veía, pero notó el tacto pegajoso de la sangre, y una humedad que no era de sangre.
Pajarito —dijo una vez más, con la voz ronca y rasposa como el sonido del acero contra la piedra.

Se levantó de la cama. Sansa oyó el sonido de la tela al rasgarse, y después unas pisadas que se alejaban.
Cuando salió de la cama al cabo de un rato, estaba sola. Encontró la capa en el suelo, arrugada, el tejido de lana blanca manchado de sangre y fuego. Para entonces, en el exterior el cielo estaba más oscuro, apenas unos cuantos fantasmas color verde claro danzaban ante las estrellas. Soplaba un viento gélido que hacía batir los postigos. Sansa sintió frío. Sacudió la capa desgarrada y se cubrió con ella antes de acurrucarse en el suelo, temblorosa.

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George R.R. Martin, “Choque de Reyes”

-Pero si tú eres Tyler -dice Marla.


No.
No, no lo soy.
Me gusta todo lo referente a Tyler Durden: su valor y sus recursos. Su temple. Tyler es divertido, encantador, enérgico e independiente, y los hombres lo admiran y esperan que cambie el mundo. Tyler es hábil y generoso, y yo no lo soy.
Yo no soy Tyler Durden.

“El Club de la Lucha”, Chuck Palahniuk

Lo que yo quiero es que me necesiten. Lo que yo quiero es ser indispensable para alguien. Necesito a alguien que ocupe todo mi tiempo libre, mi ego y mi atención. Alguien adicto a mí. Una adicción mutua.
“Asfixia”, Chuck Palahniuk

which one are you?